2012
#Narrativa

Ya asumiendo que estaba muerto, no tuve otra opción que dejarme caer sobre la cama esperando recobrar el aliento. Nada ocurrió, pero mi esposa se alzó rápidamente. Quizás no debí actuar con tal ímpetu; es difícil modular la fuerza sin palpar los brazos. Volví a ponerme de pie y a arrimarme tras el perchero junto a la ventana. Creyendo que aquellos trapos me encubrían, Miriam se inclinó como si hubiese notado algo. Aquella fue la primera noche sin dormir.
Intenté buscar otra forma. No sabía cuán largo sería el duelo, pero era claro que desde que noté esta expresión ambigua y liviana del cuerpo no habían pasado sino unas cuantas horas. Debía de asumirlo, al menos eso me explicó un tal Sánchez, también finado, aunque de corte más histórico. Que cómo se asume, pues así, simplemente se hace. Y estar muerto ―o serlo― era tan alentador como vivir.
Esperé unos meses para volver a casa o, más precisamente, reaparecer. Eso era lo cierto. Requería algo de práctica y destreza para ajustar los detalles que hacen de una aparición un evento inolvidable. Aún así, temía provocar miedo, ya que no deseaba fomentar el pánico ni los eternos rosarios, y especialmente lo último, pues no sabes de qué manera pueden afectarte las oraciones.
Ejercitaba cada vez que podía y, dado que las licencias para desarrollar dichos trabajos no eran permanentes, la paciencia era una competencia altamente prioritaria. Sólo se permitía importunar a los vivos una vez a la semana y bajo ciertas reglas. Yo sólo sabía la primera: “No provocar infortunados decesos”. De modo que, fuese lo que fuese, estaba bien mientras no contrariara esa regla sagrada.
Con mis otros colegas compartíamos todos los días. Cada uno relataba su experiencia a modo de juego, como si todos quisiesen probar sus infinitas formas de aterrorizar. Tal cual cadete, me limitaba a observar y escuchar, en un continuo aprendizaje de la forma fantasmagórica ideal o más representativa de su personalidad en vida. Poco a poco, fui ganando interés, mas a medida que avanzaba en el diálogo comprendía el vago conocimiento de mi biografía, como si se hubiera aplacado la memoria. Apenas recordaba mi nombre, donde vivía e ignoraba gran parte de lo que fui en vida y cómo había llegado a ese estado etéreo y voluble.
En mi segunda visita tuve que inmiscuirme bien. La casa estaba llena de invitados que bebían vino y se servían brochetas y tentempiés. No entendía la situación del todo, aunque logré recordar algunos rostros: mis acaudalados suegros; cogiendo la copa con su prensión delicadamente fina, las piernas cruzadas y el creciente estruendo de sus agudas voces y mis dos cuñadas; señoras solteras sin mayor amor que por ellas mismas ni recato que las perdone. No parecía un buen momento, así que dejé caer el cenicero de la mesa para asombro de los presentes y me retiré desangrado por la frustración.
Mi tolerancia amainaba junto a la oportunidad de regresar. ¿Por cuánto tiempo aguardar el instante? Deseaba saberlo y acudí a mis compañeros del gremio. Un tal Rupertino, que se desvanecía parcialmente en tanto se trababa su lengua, insistía en que el arte de penar consiste en hacerlo de forma tan sutil que provocara incertidumbre. Otro tal Lorenzo, atemorizado hasta de sí mismo, argumentaba que asustar no era una buena idea. Sánchez volvió a animarme, diciendo que esto es parte del aprendizaje que nos toca.
Distintas y confusas apreciaciones. No restaba mucho por hacer en este estado.
¿Quién se acordaría de nosotros sin el suficiente esmero? Me pareció necesario dedicar más esfuerzo a perfeccionarme visitando otros inmuebles. Lo cual logré realizar unas veintitantas veces, hasta donde soy capaz de contar.
La tercera visita a nuestra casa llegó un año más tarde. Todo era distinto ya, poseía una seguridad muy cercana a la soberbia y presentía que sería un evento inolvidable, ya que al fin me tocó salir un domingo; día muy apetecido entre nosotros por cuanto las personas suelen están más tranquilas y predispuestas. Podía decirse que había aprendido suficiente que toleraba mejor la eterna vigilia del errante y me deleitaba saber que podía ajustar mi nivel de transparencia a priori, como un maquillaje innato que resguardaba la identidad y la vergüenza. No obstante, esto último traía siempre consigo riesgos inconmensurables, como ser fotografiado, atrapado en un amuleto o registrado en una cinta magnética, aunque nada de ello constituía una falta grave, a menos que no pudieras regresar. Las consecuencias no importaban tanto, como estar allí esa noche de domingo.
Vine a aparecer después de las siete. Las persianas cerradas oscurecían la antesala. Subí por las escaleras con sigilo y sin pisar los peldaños, como es habitual en las ánimas. La puerta entreabierta del dormitorio me recordó lo que me trajo. Me agolpé en el umbral y accedí lentamente. Una luz de la mesita ensombrecía la habitación y hacía resplandecer los blancuzcos pómulos de Miriam, tendida boquiabierta sobre las sábanas en que se dispersaban innumerables fotografías y tabletas.
―Tal vez en una cuarta ocasión ―pensé.
La impresión inicial, luego se transformó en profundo pavor. No sólo había perdido la oportunidad de provocarla, sino que ahora era de forma permanente, dado lo absurdo que resulta intentar intimidar a un cadáver.
Me detuve a contemplarla unos instantes para despedirme, ante la incerteza de volver a verla. Todavía no tengo claro cuánto tiempo tardan en liberar a los suicidas.
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