Motivos para salir de Marruecos

2026

#Narrativa.

La noche que escapamos hacia Ceuta llegó más rápido de lo planeado. Hicimos muchas previsiones, aunque, a fin de cuentas, todo fue fruto de una continua improvisación. La posibilidad de cruzar la frontera era la única esperanza que teníamos para librarnos de la persecución de la que éramos objeto.

Hassan había sido mi compañero de armas y, secretamente, del corazón. Digo secreto, porque habíamos debido ocultar lo nuestro por años. Él fue el autor intelectual de todo. Yo tenía miedo, un miedo palpitante, doblegado por su ímpetu que me movilizó para permanecer juntos a toda costa. Recuerdo bien el día en que lo planeamos:

―Ahmed, ¿qué pasó que llegamos hasta este punto? ¿Por qué elegimos esto en vez de enfrentarlo acá?

Habíamos ingresado al servicio militar jóvenes, pero nos dieron de baja a ambos tras habernos encontrado ocultas un par de cartas; notas escritas en privado, lo suficientemente evidentes para culparnos en este país. Ser marica, militar y musulmán, no son cualidades que comulguen sin conflicto.

Lo miré mientras pensaba qué decirle, echando bocanadas de humo, sumidos en el desierto. A decir verdad, esta situación nunca la esperé, aunque los rumores crecieron y nos hicieron dejarlo todo.

―Eso ya no me importa ―le respondí alzando mi voz― lo único que busco es salir de aquí, irme lejos, atravesar el mar contigo.

Había dejado de fumar y Hassan se acercó por la espalda a abrazarme. Sentí su barba en mi cuello, mientras sus manos me cogían del pecho con fuerza para sellar en silencio una nueva promesa.

Nuestra historia con Hassan tuvo distintas etapas. Los primeros encuentros ocurrían siempre después del entrenamiento, en ese breve espacio que teníamos para descansar antes de la comida. De algún modo, fuimos expertos en camuflaje y pudimos sortear la vigilancia siempre, hasta que se nos ocurrió escribirnos. Todo cambió después; la distancia, la separación de nuestras familias y una serie de decisiones que nos hicieron encontrarnos algunos años después en la frontera con Argelia.

Hassan había ingresado a una célula armada que operaba secretamente en el Sahara Occidental. Yo, en cambio, me había dedicado a trabajar como estibador de un camión que transportaba mercancías desde Rabat al sur. En uno de esos viajes, me encontré a Hassan, apostado sobre uno de esos puntos de control que aparecen por los caminos. Su rostro se iluminó al reconocer mi nombre en los documentos mientras él seguía haciendo su trabajo. Fue eso lo que marcó nuestro reencuentro.

A pesar de todo, después de algunos años los rumores se acrecentaron y la persecución, lejos de acabar, regresó. Hassan me lo advirtió cuando lo supo, que nos buscarían por haber violado la Sharía, de modo que nos pusimos en marcha para salir del país a escondidas, a punto de efectuar un segundo abandono.

Había llegado a conocer bien las rutas del país y sabía que para llegar a Ceuta eran unas ocho horas por la vía regular, pero se trataba de un par de días si queríamos esquivar las carreteras principales y hacer el recorrido a pie. No podíamos permitirnos un pasaje, así que guardamos los últimos billetes para más adelante. Liamos algunas prendas y suministros y comenzamos a caminar al alero del camino que la luna nos permitía seguir esa noche.

Con el pasar de los días y ayuda del autostop, íbamos dejando atrás la rugosidad del terreno y aparecían paños de vegetación que nos alejaban de la aridez y homofobia propia del desierto. Sin embargo, Hassan parecía más preocupado que de costumbre.

—El campo sembrado me da buen augurio —le comenté una vez, y Hassan sólo se limitó a sonreír y continuar caminando a mi lado.

Efectivamente, los prados componían un verdor que albergaba la esperanza de una primavera y una cosecha abundante, similar a la expectativa que tenía de nuestra nueva vida juntos. Sin embargo, a medida que la vegetación nos inundaba, su corazón parecía vaciarse de su follaje pasional y se erosionaba como el suelo.

Pasábamos horas sin hablarnos, atravesando alternadamente quebradas y llanuras. Su silencio a menudo decía mucho más de sí mismo, de modo que dejé de insistir. Al tercer día, encontramos un lugar para cobijarnos y descansar. Nos recostamos mirando el cielo entre los agujeros de la techumbre, trenzando nuestros cuerpos exhaustos. Nuestros labios secos intentaban humedecerse en el deseo de esa última noche.

― ¿Qué será lo primero que haremos cuando lleguemos? ―le pregunté, sin obtener respuesta.

Al día siguiente, un viento fresco nos recibió en Castillejos. Era ya de tarde y nos sentamos a descansar en una de las bancas del paseo costero que se extiende frente a una mezquita.

―Lo que viene ahora será lo más duro, Ahmed. ¿Te das cuenta de eso, cierto?

Sus escasas palabras parecían capturadas por la suntuosidad de las aguas o la turbulencia de los pensamientos que nos agitan al escapar del mundo.

―Sólo pienso en que ya estamos acá después de todo. ¿Eso queríamos o no? Encontraremos el modo de pasar ―repliqué.

Ese día fue de sepulcral silencio. No me atreví a preguntar, pues parecía que añorase desprenderse de aquella historia que había quedado expuesta.

Sin mirarnos suficiente, arribamos a la frontera por la noche. Cogimos un bus y nos embarcamos, sentados en asientos separados para no levantar sospechas. Un oficial de guardia subió a revisar e hizo detener a Hassan y un par de hombres. Procedieron a bajarlo entre dos tipos oscuros, mientras un joven militar con fusil quedó junto a la puerta del autobús.

Comenzaron a golpearlo, mientras el vehículo permanecía detenido y sus pasajeros agachaban la cabeza como rehenes. Es probable que varios de nosotros buscáramos dejar el país, aunque no toleraba la humillación a la que sometían a Hassan, quien ya sangraba sobre el pavimento.

Me levanté de mi asiento haciendo un gesto de que iba a vomitar y bajé del bus a la fuerza, contenido por el oficial de ronda. Afiebrado por la crueldad, me abalancé sobre el joven soldado y quité su arma, decidido a abatirlos a todos.

Cogí a Hassan por la espalda y lo empujé para correr, seguidos por los refuerzos que se apresuraron tras los disparos. Logramos avanzar con los corazones acelerados más rápido que los pasos, tan rápido, como su reacción al dar la vuelta y soltarme.  “¡Sigue tú, Ahmed!” gritó, y se arrodilló con los brazos alzados, en un gesto de última oración, entregándose para salvarme.

Persistí en mi escape, con todo en contra, sin oportunidad de rescatarlo, sintiendo las lágrimas contenidas que reflotaba la agonía. Atravesé un enrejado y corrí hasta internarme en el mar oscuro, nadando apresuradamente.

Una ráfaga de disparos cruzó esa noche deteniendo el tiempo. Sumergido, miré el cielo con la ilusión rota de cruzar el mar juntos, preguntándome si Hassan se encontraría conmigo en el jardín sagrado que nos fue prometido. Mi cuerpo flotaba como un cadáver que se desangraba de un romance proscrito. Recé a Alá, arrepentido de todo, dispuesto a no volver a amar a otro hombre, a obedecer su ley, a quedarme en Marruecos. Hubiera hecho lo que fuera, por entrar con él para siempre en el paraíso.