Una ciudad me inunda.

2026

#NoFicción

Bajo qué criterio podría uno escoger un lugar sin equivocarse. En ocasiones, los errores no son absolutos, sino sólo desaciertos parciales que, a corto plazo, nos parecen un tanto engrandecidos y, con el correr de las semanas, vamos revalorizando. Recuerdo al volver a casa, esa percepción extraña de haberme equivocado de sitio, aunque sin cabal convencimiento. Tenía un recuerdo obnubilado de Países Bajos.

He pensado en la situación improbable de regresar a Ámsterdam. Si bien es un sitio inquietante, me pareció una pésima idea visitarlo a fines de otoño, cuya helada recalcitrante dejó en mi piel la reminiscencia de un crudo invierno. En el Chile meridional, en cambio, esa temporada resulta en una postal completamente distinta, con la templanza del atardecer que enrojece las hojas y la cordillera, haciéndolo sentir a uno en casa.

Hay matices y tonalidades geográficas que nos sitúan en nuestros valles y los vuelven majestuosos al observarlos. Ellos no semejan, en lo más mínimo, a la sinuosidad fluvial de aquella ciudad del norte, pero nos regalan una cuota de calidez remarcada por la sensación de familiaridad que nos provoca estar en sitios con algún parecido. Por el contrario, aquellos matices me resultaban inapreciables en una ciudad que me era ajena, ignota y profundamente helada.

Parecía que me había equivocado, que no era el viaje correcto ni valían aquellos sacrificios y esfuerzos excepcionales que requería dicha empresa. Pero ahí estaba, en un incómodo bus partiendo de Bélgica hacia Ámsterdam, mojado por la llovizna que se dejó caer por la mañana y el frío sudor, resultado del esfuerzo adicional de arrastrar las maletas encontrando la parada correcta y de no saber cómo se pregunta en francés: “dónde está el bus stop”.

La combinación franco-neerlandesa de Bruselas fue otra circunstancia inevitable. Fue como un infierno idiomático, considerando mi estatus latinoamericano con inflexiones de coa y acento de Chile Central. El neerlandés, a diferencia del francés y otras lenguas latinas, parece ser una lengua que sólo tiene como función hacer la vida más difícil o erigir barreras para la comunicación con otros pueblos. Es como alemán mal escrito, con vocales extensas y una nota gutural que recurrentemente te señala lo lejos que estás. Sabes que no es una lengua romance, sino un idioma que parecen hablar los piratas mientras te embaucan. Pienso en la colonización, con sus lenguas germánicas hablándome sin entenderles, violentado por los toscos gestos y modales. Extraño Sudamérica.

Llegué a un sitio que no sabía pronunciar ni del cual salir: Sloterdijk. Repetía esa palabra en mi cabeza por supervivencia, no como una palabra hablada, sonora, sino en su novedosa mezcla de grafemas situados visualmente sobre el plano de composición en mi cabeza. Recordé que, justo esa mañana, había partido temprano desde Anderletch para coger el autobús. Aquella estación no era más que un prolongado andén abierto con casetas que refugiaban a los viajeros de aquella irremediable mañana belga; ya hablaré de los belgas en otra oportunidad, pero lo que viene al caso, el sólo hecho de estar esa mañana, esquivando la resbaladiza llovizna y equilibrando los bolsos que cargamos los viajeros de tercera clase, me resultó en una irremediable idea de miseria y abandono que persistía mas allá de las fronteras.

Descendimos del bus, con 4 grados a la intemperie y quedé a la deriva en medio de lo que parecía un estacionamiento extenso, rodeado de columnas de concreto y carreteras asfaltadas sobre la vista, recibiendo la humedad en mi cara descubierta. Sabía que iniciaba un breve tránsito en la ciudad, preso de un deseo irremediable por deambular. Perdí tres euros en la tiquetera antes de comprar correctamente.

El ferrocarril parecía deslizarse como un dragón, elevándose sobre canales y caminos circulares que formaban una singular complexión de líneas similares a un laberinto; como un laúd enmudecido. No con cierta razón, la Amsterdam Central se encuentra en un punto medio donde converge ese complejo sistema de canalizaciones y vías. Pero ahí estaba yo, nuevamente practicando la equivocación, descendiendo en un lugar llamado Waterlooplein pese a la lluvia.

Me refugio en un estrecho y atiborrado restaurante surinamés, gentilicio de un país que no conozco, pero que, por error o arbitrio, resulta el único vestigio de una Sudamérica distante y esclavista. Las Guyanas son territorio desconocido para mí, pero su cocina humeante, reparte especias fragantes que convulsionan el apetito. Es un aroma sincrético, con un trasfondo dulce que recuerda al Caribe y al lejano Oriente. Curry y plátano frito; canela y azafrán, arte culinario afrodescendiente.

Saboreo el primer bocado de nasi; una suerte de guiso de curry con pimientos picantes, servido sobre un arroz lavado. La falta de almidón no aminora el picor que se intensifica en todos los espacios de la boca, haciendo que la lengua palpite. El ardor parece enviar una señal terrenal que vuelve a situar el cuerpo en el espacio. Resulta curioso como los dolores nos reencauzan siempre, como si delinearan un camino de realidad que nos restablece. Al terminar mi plato, me reconforta ese calor que internamente se disipa en el cuerpo y recupero parte del aliento perdido por este deambular silencioso e intraducible.

Vuelvo a la calle iluminada a mediodía, dejando atrás el calor de las Antillas y retomando el primer plano de los chubascos y la ventisca. La ciudad se antepone con sus carriles para ciclistas, los tranvías, sus embarcaciones y las viejas casas alargadas y pasillos capilares que forjan su planimetría. Yo sólo intento mantenerme a flote en medio de aquella urbanidad acuática y su densa civilidad. Tal vez, con el correr de los días y la sublimación del frío, puedan sorprenderme los eventos de este destino, que me inunda de invierno.

Todos los derechos reservados. Nicolás Fierro, 2026.