2026
#NoFicción

Han pasado algunas horas de mi arribo y he sido adiestrado por una llovizna constante y el resoplo brioso de esta aventura en solitario. Iba avanzando hacia el final del vagón de un trolley que se encaminaba entre la multitud de ciclistas y automovilistas —cuestión que parece no amainar con la lluvia— y, acto seguido, voy anotando los nombres de las calles, que recuerdan continuamente a escenarios lacustres, como si recobraran una presencia húmeda que se hace patente en cada esquina. Hay una disputa intestinal, entre el calor residual de la merienda y el aire de una ciudad que nos constipa; una contradicción que persiste en la piel expuesta. Entonces la lluvia, las ciclovías y los tranvías se tornan una constante que culebrea, une y bifurca los paisajes, barrios y personalidades de esa ciudad limítrofe y hundida.
Desciendo en medio de la calle, sin marcar la tarjeta por segunda vez. Oyo un reclamo a lo lejos, una voz de mujer, como un grito sordo que no alcanzo a distinguir. Ese procedimiento de pagar dos veces resulta anticuado e ineficiente, es molesto y no lo entiendo bien, así como la superposición de las vías y de los caminos ocres y rojizos que parecen llegar al mismo sitio, los cuales voy bordeando.
La extensión de los jardines y algunos parques sobre la ribera del río asemejan bosques del sur de Chile. Estoy plantado de pie sobre la acera de Plantage que significa, textualmente, plantación, el sector en que he decidido hospedarme. Su humedad reverdecida por su entorno colisiona con la arborización desnuda de su follaje. Ha sido la primera vez que puedo detenerme y quedar de pie unos momentos, refugiado en una puerta con techo que sirve improvisadamente para cobijarme en silencio mientras miro el mapa para llegar a destino.
Pronto regreso a la calle. En este raudo deambular, parece haber un ritmo que cambia por los distritos; modos de vida y hábitos que van diferenciándose con el transcurrir de las manzanas y el cruce de los canales. Da la impresión de estar caminando por una ciudad sumergida en la selva valdiviana o avecindada junto a los fiordos australes que alcanzo a recordar. A pesar de este recuerdo reconfortante, mi condición de extranjero mal arribado y empobrecido persiste, por lo que me animo a caminar sin haberme desprendido completamente de la idea que esto es más una necesidad que un anhelo turístico, resultándome todo particularmente tedioso, en especial por el frío, que ya he mencionado antes.
La idea de caminar es tanto primitiva como un logro de la evolución. Es sugestivo, por decirlo de alguna manera, que en esta época caminar nos pueda provocar un sentimiento de fatiga anticipada o cierta vergüenza. En una ciudad navegable, de naturaleza ciclística y transporte público sofisticado, tengo la noción que la bipedestación puede ser una práctica mal vista, muy lejana de la marcha de los neardentales y nuestros antepasados genéticos. Si caminar es una habilidad natural de la especie humana, su ejecución se torna un desafío complejo en esta ciudad, un tanto por la lluvia como por la necesidad de estar permanentemente atento a las condiciones del tráfico, a los ciclistas y la mirada de extraños que pululan en las esquinas y callejones.
La oscuridad había comenzado a descender progresivamente a eso de las cuatro de la tarde. A mí me pareció que ello era una señal inequívoca de diversión o, a lo menos, para dejar de calcular con precisión los siguientes pasos. Avancé por una avenida ―que asumí se llamaba San Antonio por su nombre impronunciable, aunque con cualidades muy distintas a nuestra céntrica avenida― hasta llegar a Niewmarkt. La explanada me recibe con el color del ocaso y su arquitectura inclinada. Después de haberme resistido a caminar, resulta ser, absolutamente, la mejor forma de encontrarme con la ciudad y sus sitios.
Existe una cierta recursividad de los caminos que confluyen y reiteran los paisajes y vitrinas, especialmente en lo que se refiere al Red Light District. Es fácil llegar, pero no necesariamente situarse. Tengo una impresión afiebrada al ver los escaparates rojizos que resplandecen los pasajes y las mujeres en exhibición. Es un catálogo amplio, subversivo; una variedad irrefrenable de opciones humanas disponibles. Escucho a menudo decir “one hundred”, pero no es posible detenerse a observar con detención, pues ello inmediatamente en una resuelta muestra de interés que demanda resolución. Esto no es factible efectuarlo de otro modo, por lo que, al final, aquello de caminar es una oportunidad para incursionar curiosamente el campo del deseo y desprenderse de aquellas preconcepciones morales y cristianas, que abundan en nuestra fisonomía latinoamericana. Y como en todo transitar hay pausas, me detengo unos momentos a observar la vitrina despojada una mujer mayor que insiste en llamarme, como si me conociera o pudiera adivinar las irrefrenables pulsiones masculinas.
Reitero, sin contenerme, la imagen corporal de aquella mujer blanquecina, mientras busco un sitio para desperdigar las impresiones diversas que me provoca esta ciudad que se torna prontamente oscura y recóndita. Surco canales, revisito pasajes, atravieso puentes y avanzo a través de callejuelas y paisajes que remezclan los deseos humanos y los excesos de un modo implacable e inaudito. Vitrinas del sexo, comercios de psicotrópicos, restaurantes indios, cafés canábicos, clubes nocturnos y una empresa extensa de aquello que podríamos desear sin reservas.
Hago una pausa en algún café y compro un porro. No es lo que acostumbro ni me deslumbra su efecto, pero aquello es suficiente para distender las ideas y aplacar los inesperados efectos de este viaje.
Doy una vuelta por la ribera que da hacia la Amsterdam Central. Sé que a unas cuadras murió Chet Baker, pero evito pensar en la muerte y prefiero contemplar las luces de las embarcaciones que parecen flotar en el aire. Después de todo, y a pesar del frío, resurge en mí un nuevo impulso y renuevo mis votos con la soledad, pese a toda la distancia.
Regresaré caminando.
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