c. 2006
#Narrativa

El micrófono del teléfono quedó suspendido, oscilando de un lado a otro por unos segundos. No había palabras para el auxilio, para la despedida triunfante ni las emociones. Ella se hallaba sentada con las rodillas juntas, sus manos entre las piernas y los ojos cerrados; no existían lágrimas en ellos. La radio trompeteaba a la usanza, los bellos swings y el buen pasar. El día luminoso recaía en los deshojados árboles, con su atuendo otoñal y casi de siesta. Ella se imaginaba sobre un columpio, donde el aire golpearía sus mejillas como ese fallecido padrastro de mala muerte. Pero a ella le gustaba sentir el movimiento, sentir su cuerpo respirar, blandir con esos rencores a los que conlleva la escoba y la soledad.
Vivía sola en una casa marchita. Tenía un frontis angosto, celeste y de paredes húmedas. Disfrutaba de ella. Le agradaban los pasillos que encaminaban al silencio y al dormir. Andaba todo el día de un lado a otro, asimilando las paredes como parte de su cuerpo y las grietas como bosquejos que la vida que atraviesan los años, en ocasiones mustios, otras arrebatados. Esta vez, la escoba estaba en el piso, despeinada y sin vigor. La miraba de repente para pedir disculpas, tratar de tomarla por el mango y dejar que sus cabellos realizaran la limpieza necesaria, el usual ritual de la jornada.
Miraba el teléfono, ya quieto y aún zumbante, en tanto pensaba en la última frase: “te voy a buscar mamá”. Comenzó a recordar a su marido, en sus años de gloria y trajes pomposos. Imaginó a sus hijas gritar por ese pasillo fresco, el eco de sus voces, los pasos de su compañero al llegar, el sonido de su maletín en el piso; imaginó esas seis manos abrazando su cuerpo, seis labios besando su sien.
Miró hacia el techo que se perdía en su altura, en esos cuatro metros de los que colgaban lámparas de vidrio y en los que comienzan los reflejos a inundar el alma. Acomodó su cabello luego de unos instantes, tomó sus anteojos y se los colocó con cuidado. Dio un vistazo a una foto familiar, colgada sobre una mesita de pared, lista para empacar.
Exhaló con fuerza y volvió a sus labores, levantando la escoba, bailando una última tonada. Y recorrió cada habitación, con sus miles de recuerdos y aromas extraviados, barrió cada rincón, inhalando la traviesa polvareda que guardan los años. Abrió las ventanas, corrieron sus lágrimas, y continuó barriendo e imaginando a toda su familia, con su jolgorio y sus tragedias. Casi no había nada. Y al oír un bocinazo cayó al mundo, supo que esa era la última barrida y que se iba para siempre, para recordar y lamentarse, partir con su hija e imaginar su hogar convertido en edificio, demoliendo su juventud.
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