2026
#Noficción

Vengo caminando por el centro. Hago un recorrido que habitualmente me despeja y repara del rápido desgaste que provoca el rutinario trabajo administrativo. No obstante, hace tiempo que ese recorrido ya no resulta en algún alivio ni beneficio terapéutico; siquiera algún efecto placebo. Es que hace tiempo fui a terapia y tal vez, a decir por la expectativa que uno pone en esos procesos, existe una ilusión cognitiva de que los efectos se prolongan por mucho más de lo que en realidad es posible de asegurar.
Ese límite no me es muy claro ni nunca lo fue. Pero ya ha pasado más de un año y, de pronto, volví a pensar en ello, a modo de necesidad; la misma que alguna vez tuve por comprar un paquete de cigarrillos o un chocolate por la tarde.
Las personas a menudo comentan sobre la vida de los demás sin suficiente información. Que la crisis de los cuarenta, que estar separado, que estar solo, que el empleo precarizado, que tener que criar y así, van sumándose nuevos arquetipos sobre lo que parece ser vivir esta edad, en una época que nos despoja progresivamente de los vínculos y los soportes sociales y vitales que cada uno necesita.
Es imposible de describir. Hay mañanas y días completos en que no sabría explicar porque tengo pena, o estimo que el motivo por el cual los ojos gotean es por el aire frío o el sudor —de acuerdo a la estación— y no a consecuencia del propio clima emocional.
Habitualmente, reconocer esas señales tarda más de lo esperado y son interpretadas erróneamente por los demás.
De tal manera, he venido pensando eso, así como en la necesidad del espacio privado. ¿Dónde está aquel lugar que nos repara la vida? ¿Cuándo vale la pena repararla?
He procurado muchas veces reparar cosas. Los objetos necesitan mantenimiento, limpieza, restituir piezas y materiales que son indispensables. Todo aquello puedo sustituirlo, excepto aquello que radica en los afectos. Y si pensé en caminar como un ejercicio de restauración, ello me resultó más bien una especie de desarme en el cual no es posible auto-encajar todas las piezas por uno mismo.
Deambular nos dirige a lugares conocidos y nuevos sin pensarlo. Hoy encontré un lugar nuevo. Alguien me saludó y me pidió una recomendación. Hicimos un salud de cortesía, alzando los vasos. A pesar que fue una fútil camaradería, se sintió bien, como si me recordara un anhelo conocido. Pronto me fui y paseé un poco más, prolongando mi retorno a casa.
Me he quedado pensando, en silencio, si acaso reincidir terapéuticamente. Hago cálculos mentales, intento proyectar los gastos y se suma otro hecho a la causa, como si contabilizara dentro de la canasta básica de una familia. Es como una cuenta de bienestar, pero más cara que Netflix.
Prendo la TV, ausente suscripciones a mi nombre. Todas cuentas prestadas. Miro algo, cualquier cosa: un show de perritos, un cocinero gritón, una casa imposible de pagar y creo que, en consecuencia, tal vez deba suscribirme de nuevo a la terapia para dejar de engañarme. Luego abro otra cerveza, para volver a pensarlo.
A lo mejor, la semana que viene. Aún puedo seguir caminando.