2026
#Noficción.

Cuando mi hija llegó de Japón, hace un par de años, sentí que algo había cambiado. No es que haya transcurrido mucho tiempo, pero ella se había ido con un año y volvió teniendo dos y eso, además de las palabras y expresiones nuevas que traía, causó en mí una impresión tal que resignigficó por completo mi percepción del tiempo y las ideas sobre los cuales comienzan a proyectarse los futuros que uno inscribe en la paternidad.
Es común que uno vuelva a consultarse si ese resultado hubiera sido el mismo de haber ido con ella, mas la conclusión a la que llego es la misma: será imposible saberlo, aunque creo que sí.
Las ciencias exactas nos han entregado progresos extraordinarios, como la posibilidad de visitar alejadas geografías en cuestión de horas, acercarnos a husos horarios y culturales diversos, mantenernos en contacto permanente con ese otro que está lejos, así como sostener complejos sistemas de coordinación aeronáutica que hacen que uno pueda reencontrarse a la hora con su familia en una determinada terminal aeroportuaria. Pese a eso, necesitamos de otras ciencias que nos permitan acercarnos a las preguntas que surgen en los reencuentros con los hijos: ¿qué cambió mientras no estuvimos? ¿qué palabras nuevas trajiste contigo que quieras contarme? ¿cuánto me extrañaste?
Recuerdo perfectamente cuando fue, pero no logro explicar lo que significó, incluso años más tarde. Había llegado corriendo a la nueva terminal tras interminables vueltas y me senté a esperar en el piso de llegadas. No sabía bien qué aguardar de esto, en mayor medida por el hecho que los niños cuando aún son pequeños, parecen transformarse reiteradamente en nuevas personas y dejar atrás con rapidez aquello que fueron pocos días antes.
Cuando apareció, todas esas dudas se despejaron casi al instante. Ella se acerca y saluda. Pero ya no usa dos palabras: “Hola papá”; sino cuatro o cinco: “Hola papá, llegué en avión”.
Siguiendo con las alegorías aeronáuticas, pude observar ahí lo que ya era evidente, la forma en que su vocabulario despegaba y, al igual que en los viajes, iba adquiriendo nuevas palabras, expresiones y matices comunicativos que se iban sumando día tras día.
La separación también reforzó esa idea, especialmente cuando pasaban días sin verla. Intuyo que esa distancia también me permitió apreciar con detenimiento la progresión de aquellas adquisiciones idiomáticas y del curso del pensamiento de una niña, del mismo modo que la cercanía nos da la posibilidad de enseñar nuevas cosas.
Yo ya he ido perdiendo el hilo de ese crecimiento lingüístico, especialmente porque pasé a vivir con ella durante un tiempo. Sin embargo, de vez en cuando vamos escuchando conceptos nuevos que nos emocionan y nos entregan pruebas diarias de su desarrollo. Pongo el empeño en mostrarle otras palabras que permitan describir mejor el mundo que observa sobre mis hombros. Le ha gustado mucho la palabra “bandada”; ya la ocupa con frecuencia cada vez que mira al cielo.