2024

Vicente abrió los ojos despacio, aún intentando desperezarse de ese largo sueño que tuvo. En la sala de la Asistencia Pública, los murmullos del entorno creaban tanta confusión como aquella luz blanquecina reflejada en sus ojos y la sensación engomada de las manos quirúrgicas que lo examinaban bruscamente. Pese a ello, se sentía aliviado. A su corta edad, parecía aceptar en conformidad la falta de esperanza que, cual reconocimiento de su desgracia, se le colocaba en la frente como una marca de poca fortuna.
Divisó al fondo de la habitación a dos personas: era un hombre gris enjugado por las lágrimas frente a una mujer de blanco. Él respondía las preguntas; a ratos también lo miraba, como disculpándose. Le perdió de vista de pronto, y en un giro inesperado se vio rodeado de barrotes; los mismos que años más tarde aplacarían su libertad.
La luz se atenuó y pudo divisar a la mujer de blanco a su lado. Fue la primera mujer que veía. Lo acarició con suavidad por un instante en su frente, mientras su voz solemne anunciaba la noticia a otras personas: —La madre ha fallecido durante el trabajo de parto. El padre autorizó darlo en adopción, no puede cuidarlo. Me ha pedido que le llamen Vicente.
Entonces Vicente rompió en llanto por primera vez, sin saber si era por sentir hambre o por otra cosa más importante.
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