C. 2003

No sé porqué nos acostamos tan tarde, la conversación con nuestros amigos no fue de lo mejor. Son las cuatro de la madrugada y tú estás sin camiseta, recostado en la cama. Me abrazas con fuerza y fumas un cigarrillo. Yo te digo que no lo hagas por las noches porque no me gustan los besos con ese aroma de la nicotina y el tabaco prensado. Te cojo entre mis brazos también, un poco aturdida por la hora y porque tengo que saltar temprano del colchón para ir a trabajar. Tú te quedas y no sabes cuando parto. Me imagino que al despertar aún crees que te acompaño. Me imagino que puteas con fuerza al notar que no estoy, pero si no fuese por mí, no viviríamos en un lugar tan acogedor.
Te miro una vez más y veo como sacas ese humo por la boca. Algo parece inquietarte más que a mí. Enciendes un segundo cigarrillo, pero no quiero que fumes otro. De todas maneras, me gustan más tus brazos y si no fuera por ello de seguro que te quitaría a ese gusano de la boca.
Miras el espejo trizado. No sé que puedes ver en él, ¿mi cuerpo que disfruta o tus ojos perdidos? Los minutos pasan y siento tu brazo más débil, casi cayéndose de mi espalda. La manera en que respiras me hace entender sólo algunas cosas. No comprendo porqué estás triste.
Tus manos siempre huelen al perfume varonil que usas. Siempre, a pesar de los cigarrillos, el piano que tañes y todo lo que puedas tomar con esos manos delgadas. Recuerdo una canción que tocas, es de Tom Jobim, y a mí me gusta oírla con los ojos cerrados. Me acuerdo porque me gustaría que pudieses tocarla abrazándome, como lo haces ahora, aunque sé que es imposible. La tarareo muy bajito para que no lo notes, y trato de oler esa mano tuya que me toca, buscando ese perfume con el que quiero irme a soñar. Sin embargo, no huele a tu colonia, huele al perfume de mi amiga, que acaba de estar compartiendo con nosotros.
Es una lástima, cariño, una lástima. Ya entiendo porque no hablas, entiendo porque enciendes un tercer cigarrillo y dejas caer tu mano. Comprendo todo. Pero a pesar de que me engañas con mi mejor amiga en mi ausencia, no puedo dejar de tenerte en mis manos porque te quiero. En fin, tú crees que yo no lo noto y que soy ejemplar, por eso siempre es un alivio que nunca olfatees mis manos.
Todos los derechos reservados. Nicolás Fierro, 2026.