2025

Mientras caminaba por calle, a principios de abril, pensaba en la expresión cargar con el muerto y sus derivaciones idiomáticas —arrear el muerto, pasar el muerto, hacerse el muerto, honrar a los muertos; y sigue— a propósito del comentario enarbolado por una persona respecto a que nada impide hablar mal de los muertos, sobretodo si no fueron santos. Eso último lo agrego yo como una nota mental para destacar que aquella máxima es más bien una idea de lo que podría ser y no bien de lo que realmente somos las personas.
Discurriendo entre esquinas vacías, las calles aún húmedas y la multitud esquivándose, encontré a un muerto algo desorientado, un muerto que no había visto, probablemente nuevo o un muerto muy joven. Me coloqué frente a él, aguardando una reacción de asombro o recelo, pero el muerto siguió caminando y me empujó a un lado. Era definitivamente un muerto y no un fantasma.
Volví a anteponerme en su camino, esta vez añadiendo un ligero ademán con la mano para llamar su atención. Después de un par de intentos, se detuvo a un costado de un árbol igual de seco.
Levantó su cabeza y quedó mirándome sin hablarme. Parecía estar buscando ideas que no existían, como objetos extraviados en la arena. Lo dejé seguir escarbando y me adelanté a preguntarle: ¿cómo te han honrado ahora que estás muerto? Pareció no entender y expliqué lo que significaban los deudos, los seres queridos y la familia, mientras seguía en medio de su excavación mental. Daba la impresión de no recordarlos.
Creí que no sería capaz de dar una respuesta, de modo que seguí avanzando y lo dejé atrás, pero tan pronto me adelanté unos pasos, una mano fría acarició mis hombros como una suave brisa. Ahí estaba el muerto, tras de mí, sosteniendo una hoja ligeramente escrita que no podía leer por sí mismo, parecido a un papel de antecedentes, con algunos borrones, como episodios olvidados y ya perdidos en la fragilidad de la memoria sepulcral. Su respuesta fue sorpresiva:
“No sé bien a qué te refieres con eso de honrar a los muertos, pero los vivos insisten en provocar acciones extrañas que prolonguen nuestra presencia en su mundo. Quisiera que no ocurriera, porque ellos —los vivos— son los que no olvidan o no quieren olvidarnos. Cualquiera sea el motivo, la formas de honrar y olvidar son diversas, bien o malintencionadas, detrás de pequeños y grandes gestos… —Intenté leer un barullo de líneas que parecía un dibujo, pero no logré hacerlo. Prosiguió, entonces: —Las personas que veneran a sus muertos lo hacen con un sentido de mantener un legado, de honrarlo con acciones de las cuales el muerto —mientras vivía— se sentiría orgulloso, pero las cuales no siempre resultan dignas u honorables. Si honrar a un homicida, significa asesinar, el sentido de aquello que llamamos honorable se desdibuja y se transforma en un extraño homenaje sin honores ni ser digno de laureles. Si me explico bien, en ocasiones la veneración resulta indeseable. Yo no quisiera que me honraran, me basta contar con la memoria de unos pocos, aún sea pasajera.
Mientras leía su respuesta, iba repasando a mansalva en su cabeza decenas de ejemplos sobre honrar a los fallecidos. Pensó primero en ideas grandilocuentes, cómo dar el nombre a un salón, inspirar una obra lírica, ser motivo de un discurso público, quedar representado en una réplica en bronce acumulando polvo en los relieves de la plaquita de su nombre, o también que las banderas se izaran a media asta con un gran sentido republicano de duelo nacional. Esa última imagen, lejos de sacar suspiros, lo hizo recordar con asco los actos solemnes de la escuela, donde muchas veces fue reprendido por no respetar la fila.
Siguió leyendo: “Esa extraña pregunta que me haces, ha provocado una serie de recuerdos vagos; semblanzas antiguas, otroras juventudes, rebozadas en aquella actitud pueril que supone una existencia prolongada, una vida de buena salud, aquel vigor inclaudicable de la adolescencia. Esos recuerdos que parecen abrigarnos en días fríos, cuando la compañía de los otros amaina y nos acercamos con cautela a esa esquina inevitable en la que de pronto envejecemos y nos encorvamos infinitamente. Pero ya no es fácil recordar, apenas sino rescatar algunos afectos, sensaciones extra corpóreas que no se fijan a la piel ni restauran los latidos. Entonces, cómo es difícil distinguir con precisión aquello que se recuerda y ante la ausencia de los caudales de afecto que provocan esas memorias, no queda otra manera que resignar la mirada y atesorar aquel breviario autobiográfico en extinción de lo que alguna vez fue humano, y cuya deshumanización permite concebir nuevas formas de existencia, formas de vivir sin un cuerpo, como una entidad borrosa de lo que alguna vez fuimos. Y nos pasa a todos, ya lo he visto y ahora lo estoy viviendo, resistiendo incólume a la desaparición.”
Vuelto en sí mismo, siguió recreando las otras escenas escritas sobre el papel, que representaban otros homenajes, de menor magnitud y escala social. Una foto suya guardada por un desconocido en algún libro, marcando una cita curiosa; cuidar de sus plantas favoritas y compartir semillas de tomates; una anécdota suya que se recuerda, en medio de una conversación regada en vino; o un recuerdo sobre él que emana después de probar una taza de café, recién servido con dulcecitos en día de lluvia. Aquello, remataba en manuscrita, le parecía muchísimo más trascendente y reconfortante.
Al terminar de leer, y absorto las últimas sentencias, el rostro de ese hombre muerto comenzó a desvanecerse del mismo modo en que se detienen las sonrisas de cortesía, desaparece el vaho en las ventanas o aquellas miradas que se desvían entre multitudes. Sus manos frías terminaron disipándose en un aire otoñal, pasando entre las mías con cierta tibieza, como despidiéndose sin retorno ni posibilidad de alcanzar a responder su drástica salida.
Caminé hacia el río, mientras guardaba esa hoja invisible en un bolsillo roto, buscando a otro muerto con quien discurrir aquellas ideas nuevas. La mañana se sentía limpia, aliviada por las recientes revelaciones sobre esta nueva forma de ser y existir a la que estoy destinado. Recordé el desayuno sin lograr encontrar el apetito de otros días y fui a sentarme fuera de esa capilla de hospital público; como pensionado de lo irremediable, para ver quienes iban a hacer caras en mi último responso sin sentir vergüenza.
Salí de dudas rápidamente.
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