
c. 2009
#Narrativa
La luz llega a tus manos y me deja entrever el asombro tuyo que me pertenece a mediodía. Estamos de pie bajo el alero, observando aquellas flores recién abiertas, cuyo aroma se une al de la tierra fértilmente húmeda y comenzando a palpar el calor tenue de un sol que se inquieta en medio del murmullo del tráfico de los automóviles que transitan expectantes.
Un aliento frío y lánguido nos perfora la piel mientras miramos nuestras argollas inflamar nuestros dedos. «Es sólo una cesárea», me dices, y yo lanzo una carcajada que interrumpe el silencio nervioso que nos rodea como un aura. Estamos felices porque hoy nos vamos; felices porque hoy existe una expectativa que permitirá el renacer de nuestros ímpetus y planes.
Te miro una vez con los brazos abiertos. Sabemos de la ansiedad, de la dicha y la zozobra. Y yo pienso que nuestro trabajo recién comienza, pues viene en camino. Así es. Abrazo ese cuerpo abultado que es mío y dejo caer mis manos pasando por tus hombros hasta tus caderas. Suelto un par de palabras en tu oído izquierdo; te digo que somos nuestros.
Ambos miramos nuestros relojes y sonreímos. El cañonazo de las doce lo reafirma; es la hora, nos vamos. Tomo tu bolso y te llevo en el automóvil.
Manejo con calma, esperanza y decenas de semáforos en rojo. Espero salga todo como lo planeamos y que el sol siga conquistando tus manos y las de nuestro retoño que hoy nace; para seguir viviendo con el asombro que como padres nos pertenece.
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