Itinerarios de lo imposible

2025

#Noficción

«La suerte es el cruce de la oportunidad con la preparación»

Atribuido a Séneca, Filósofo.

(Citado por Ricardo, en un momento de pseudo-lucidez)

Existen hitos que se marcan con precisión en esa línea temporal imperfecta que llamamos vivir. He intentado, con seriedad, asegurar que la propia dimensión de mi existencia, al menos, transcurra de un modo particular, seguro, evitando aquella impredecibilidad que nos azota a nosotros los ansiosos. Me veo a menudo, haciendo planificaciones diversas, procurando mantener un control cercano a la alienación, al que le corresponde como único propósito, evitar el caos.

Es una percepción extraña. El caos, cómo la ansiedad, redunda en que ambos fenómenos reflejan la ausencia de control, regulación, cómo algo que se auto produce y regenera espontáneamente, independiente de las precauciones. A momentos, aquella necesidad exagerada de resguardo termina aplanando todos los matices de la experiencia.

Aparecen en contadas oportunidades ciertas escotillas, a través de las cuales uno logra observar el exterior y ver reflejado ese ecosistema que nos habita internamente. O más bien, escafandras que nos permiten respirar mientras exploramos ese océano subconsciente donde surgen los sueños, habitan las ideas, se forjan impulsos y esconden los miedos, como una personalidad subsumida profundamente en una fosa marina, aunque con la aridez de un desierto.

Digo todo esto a propósito, para reflejar mi propio contexto. Resulta curioso, para mí, correr el riesgo de abrir mis sentidos a lo inaudito y dejarme inundar por el efecto psicotrópico que provocan las setas. Aquel fue el hito que señalaba al inicio, un punto de inflexión hacia una nueva realidad personal.

Es un sábado de invierno. Los recuerdos de la escuela invaden nuestras conversaciones juveniles. Han pasado 23 años, pero las frases y sentencias humorísticas nos siguen resultando familiares. Una historia común nos enlaza de forma inevitable y, en confianza, nos vamos compenetrando implícitamente, cómo si preparáramos una pista de despegue o un sitio para el aterrizaje. Cada uno agradece estar ahí, a su modo, después de tantos esfuerzos infructuosos. Lo cierto es que esa cuadrilla autoconvocada, era todo lo que necesitábamos para dar el salto.

Llega entonces el momento. La bolsa de chocolates se abre y, con ella, empiezan a repartirse las golosinas, cómo tal vez en un momento fueron los tabletones del colegio o los cigarrillos en el patio de Calama. Se abre una caja recuerdos, extrañamente. Esta repartija es sin duda un rito, sea de iniciación o de confraternidad. Nos inundamos de la sedosidad del chocolate que recorre nuestra boca y deja un rastro oleoso en nuestra garganta, quedando a la espera de lo que pueda pasarnos.

Sólo un poco más allá, el fuego poco a poco va consumiéndose, sin poder vencer la gélida noche que nos envuelve. Manuel nos ha sorprendido y ha preparado un gran festín. Pero los ánimos aún no permiten que surja el hambre y la comida queda esperando. Hago un esfuerzo por dejar los sanguchitos listos, por si las moscas. De pronto nos miramos. 

Hay a ratos, espacios de silencio clerical y otros en que basta un atisbo de sonrisa para concatenar una carcajada larga que, de seguro, logra entristecer a los vecinos incautos. Entonces se desata una risa que es más que risa, explosión de risa, carcajadas revueltas, entramándose en sus notas altas, como un coro que encumbra el jolgorio a viva voz. 

Las anécdotas surgen de pronto. La cruzada del río, el come-pan, el día que rompí los huevos; esto último, literalmente. Algunos se levantan de la silla húmeda, Diego reafirma que no hay que sentarse ahí. Nos agita una extraña sensación de que algo está llegando, una sensación nauseosa, pero tolerable, un malestar que es como la llave que permite que fluya con vigor una aventura inigualable. Poco a poco, en distintos tiempos e intensidades, comienzan a aflorar los pequeños efectos, mientras Jaime insiste en mirar al suelo que se remece a sus pies.

Hago un esfuerzo por reacomodarme en la silla. Inicialmente temeroso, decidí hace unos minutos ir por esa segunda mitad, para comer dos mitades de esa moneda de chocolate. Eso también nos causa gracia y en tanto me rio y se me adormecen los brazos, percibo un ligero ensordecimiento, muy tenue, cómo un aturdimiento auditivo, y al elevar la vista, observo cómo ese árbol en el jardín se vuelve repentinamente cuadriculado, como los modelos de lego, y luego el edificio; que se asoma tras la pandereta y las luces, van dejando un resplandor de pixeles que se deja ver en cuatro direcciones, completando una escena como dibujada en papel milimetrado, en colores.

Al cerrar los ojos, las lucen en tropel aparecen destellando desde dentro de los ojos, cómo si el nervio óptico y la retina proyectarán un haz diverso de luces coloridas, cómo un caleidoscopio iluminado al mediodía. Surgen símbolos de naipes, arrecian los tréboles y diamantes, flambean los corazones y picas, cómo una ruleta que gira sin detenerse al medio de la mesa de paño rojo en un casino. Es como una secuencia de cuentas que avanza, se retuerce y luego recae en un punto, donde los símbolos se debilitan y fusionan, un punto que recrea un infinito posible, infinitamente pequeño, mientras las cuentas se despliegan en el lienzo irreal de la mente que hace de las suyas.

A momentos, se entrecruzan letras del alfabeto. Un alfabeto, tres alfabetos, cientos. Del alfabeto grecorromano, al cirílico, al árabe y kanji. Se produce un enmarañamiento de vocablos que se trenzan en inigualable disputa. No es el verso por construir, sino la preponderancia. Es una lucha impasible, mientras siguen atropellándose las lenguas escritas y van desapareciendo las letras derrotadas, como si cayeran en desuso, en un abismo no contenido en el papel. Finalmente, una letra H domina el esquema y surge victorioso en la inimaginable trama de los silabarios ficticios. La letra H. ¡Qué contradicción! —pienso. La única letra inanimada de nuestro castellano ha derrotado a los caracteres más diversos, incluso aquellos de fonética más robusta. La H, en su silencio cómplice, resulta ser un señuelo para volverse a sí mismo y encontrar una quietud licenciosa para mirar los recovecos interiores del alma y el cuerpo.

Me recuesto atolondrado en un tapete, mientras la H pulsa como un destello inagotable. La ansiedad inicial se ha extinguido por completo, pero, aun así, logró percibir los latidos punzantes en el cuello. Estoy ataviado a un embrollo de luces reflejadas en lo amplio del salón y mientras la H danza internamente, balbuceo algunas palabras: herejía, herencia, herida, hastío, honestidad, harapos, hilera, huevón. Lo cierto es que no sé si esto lo digo o pienso, pero me resulta del mismo modo, pues escucho mis pensamientos como escucho las palabras, cómo escucho mi corazón, cómo escucho los colores y sus luces reflejadas. Tal vez esto mismo es una herejía, como una brujería de nuestras mentes. Es una lucidez de ensueño, un delirio que se apropia de la realidad.

Dejo atrás la H y vuelvo a mis amigos. Las paredes agitadas me desequilibran. Ya no me río tanto ni pienso en las letras. Es como si todo el lenguaje se hubiera absorbido en algún intersticio. Busco palabras que no encuentro y sigo pensando en herejías. La conversación ha dado un giro más personal, algunos salen, nos esparcimos y congregamos repetidamente, aunque sin un patrón conocido o predecible. Algunos comen, unos salen a fumar y otros nos quedamos intentando mantener un hilo que nos muestre el camino mientras bebimos con timidez. Parece que nadie sabe bien cómo sigue esto, pero se renuevan permanentemente las conversaciones. Han pasado un par de horas ya, pero Manuel dice que es temprano y evitamos mirar la hora para engañarnos.

Hay una diferencia abismal de temperatura afuera. Puedo resarcirme unos minutos para ir al baño. Me parece que transitar hacia el retrete es una travesía riesgosa y prolongada. Logro llegar, pero el tiempo detenido no me permite saber con exactitud si estuve un minuto o treinta. Alguien se asoma por precaución, parece que llevo mucho tiempo ahí. El agua fría de las manos me conecta brevemente y luego me traslada a otro lugar; donde el frescor se transforma y provoca una caricia que se prolonga por toda la piel, estremeciéndola.

Retorno nuevamente al salón. Su oscuridad permite disimular nuestros sobresaltos y vacilaciones. Intento mantener algo de equilibrio, no obstante, el piso me resulta como una trampa de arena en la que mis pies se van enterrando, pero sin perderlos de vista. Será mejor sentarse. Alrededor de una mesa de terapia, con ranuras al centro para dejar caer los juegos y didácticos, nos sentamos para mirarnos enrevesados, sin saber que decirnos.

Alguien inquiere sobre la ciencia, la ética y la inteligencia. —¿Podemos suponer que la persona más inteligente del mundo no haya sabido las consecuencias de sus ideas? —Alguien incita. —Es imposible que no haya sabido, pero primó el ego. —Le responden. Esas ideas nos hacen inevitable pensar y discurrir, en la noción de que la ciencia finalmente adolece de la humanidad, humanidad en tanto ambiciosa, imperfecta y subjetiva. ¿Cómo llegamos a esto? —Me quedo reflexionando en silencio, mientras voy regresando a una remota estabilidad, como si fuera descendiendo muy lentamente hacia el mundo.

El descenso está lleno de percepciones mundanas. Me está reapareciendo el hambre, vuelvo a sentir el frío, dejo de sentir mi corazón. La vida se vuelve ordinaria fuera de esa percepción onírica que ha encapsulado los afectos. —Es inevitable volver a sentir —me digo— y encamino mis pasos hacia el exterior donde aún está servido el cóctel. El fuego ya extinto ha dejado un cúmulo de cenizas sobre las cuales reposan los sanguchitos, ya helados. Cojo uno con dudas, pero el impulso famélico que trae esta noche se impone y la primera mordida resulta en una dureza inconmensurable. A las risas e instigaciones que surgen de la difícil empresa de engullir un pan ausente de sus salsas, embetuno afanosamente cada lonja de pan con un poco de palta y la generosa mayonesa que ha preparado Ricardo. Él dice que hay una receta con pistachos que es mejor, pero no es ésta y me pregunto por qué no la ha preparado para esta ocasión. Un segundo mordisco me devuelve algo de vigor, mientras saboreo intensamente cada bocado deleitosamente, como si no hubiera comido en semanas, y me parece que es la delicia más codiciada en esta inverosímil gastronomía y cultura culinaria que resulta el “bajón”. Ha vuelto algo de mi vida al cuerpo y algo de mi propia conciencia del yo, cómo un ego renacido.

Hacemos un último ingreso al salón. Las agujas ralentizadas del tiempo vuelven a tomar su ritmo habitual y nos acechan las últimas horas de la noche. Ha tomado todo un cariz más profundo, aplomado, con un peso adicional que viene a recargar el cuerpo, mi cuerpo que ya no levita, sino que responde a una gravedad que parece inevitable, terrenal, aquietándose la frugalidad de las sensaciones efímeras.

El espesor del ambiente se ha tornado una niebla densa, pero invisible, cómo un velo que recubre la existencia momentánea, que dificulta la comunicación que hace unos instantes parecía tan sencilla. Hay a ratos, diálogos breves, preguntas sin respuesta, palabras al aire, gestos que nos conmueven y nos hacen preguntarnos cómo romper ese hielo que ya no está fuera, sino que se ha hecho presente en el diálogo interno y el vacío del espacio. Repentinamente, Óscar ateza una pregunta, mirando a Ricardo, por decirlo de algún modo, pues lo observaba tangencialmente, cómo evitando encontrar los ojos para no transparentar las subjetividades que esa pregunta provoca, como una reacción en cadena. —¿Cómo es tu vida social? —Interroga.

A Ricardo no lo vemos hace años, de modo que no es de extrañar que queramos oírlo atentamente. Su relato es tan claro como relevador; nos habla de una paciente, de su formación como cirujano, y cómo su camino le fue revelado a propósito de su acercamiento a la fotografía. Nos cuenta su idea de vincular la fotografía con el diagnóstico y cómo la precisión del gris y la exposición digital es una puerta para detectar condiciones que nuestro espectro visual no reproduce ni es capaz de identificar, así como una ceguera propia de los hombres que se resuelve digitalmente, con Photoshop. La fotografía de la cirugía, como expresión artística, nos vuelve a acercar al concepto de humanidad, mientras reflexionamos sobre la belleza de un acto que nos parece repulsivo y ausente de toda estética, como un corte histológico nos revelara una porción del mar. Luego, nos remece la revelación de la cirugía como un espacio fuera de toda humanidad, donde la empatía y conmiseración no tienen cabida dentro de la faena. —El Cigoma tiene que crujir. —Afirma Ricardo, con naturalidad, sin un atisbo de repercusión emocional, tal cual un curtido matarife. Su relato no es macabro, sino que transmite una increíble sensibilidad: desprenderse de la humanidad en función de la técnica, que no está precisamente en consonancia con la ciencia, sino más bien con el arte, como una maniobra sumamente estética, propia del artesano, cuyo cálculo es “al vuelo”, impreciso, pero de alguna forma, eficaz. Pese a ello, la pregunta inicial no se responde del todo, y queda relegada al vestigio

A los ojos sempiternos de nosotros, como asistentes a ese anfiteatro de lo inexplicable, las preguntas nos resultan disparadores de ideas, de líneas de diálogo impredecibles, que no comulgan habitualmente en nuestros escaparates. Sin embargo, ellas nos arropan de un modo indescifrable para retornar al estado basal de nuestras vidas y coexistencias. El tiempo se normaliza completamente y sólo un aturdimiento leve nos impide jugar con los múltiples didácticos y juegos que se reparten sobre el mesón; bloques, legos, tableros cuya instrucción nos resulta tan compleja como nuestra introspección. Nos observamos de pronto como si atendiéramos una sesión de terapia y algunos se imaginan mayores, recreando un asilo que acompañe los últimos años, pacíficamente. ¿Será acaso que hemos cruzado la mitad de nuestra vida?

Vamos remontando y rematando este juego onírico que ha empezado hace varias horas. Los ojos se han reubicado en sus cuencas, los oídos han dejado su zumbido estático. Me sudan las manos y es una señal de que estoy acá de nuevo, como si quisiera asomarse la ansiedad, compañera de siempre. Internamente, albergo una extraña sensación de homeóstasis, una percepción intracelular que se propaga en los tejidos, como un viaje microscópico e inanimado.

Me aparto del grupo, salgo y miro la noche. Una quemadura en mi brazo izquierdo ha dejado de doler; también han dejado de doler otras cosas. No es anestesia, sino alivio, y vuelvo a respirar con calma. Ya es domingo, la madrugada se extiende más allá de la cordillera, de punta en blanco, cubierta de estrellas. El viaje finaliza y regresa a los astros, yo me encumbro con ellos, obstinado a encontrar nuevos itinerarios de lo imposible.

Todos los derechos reservados. Nicolás Fierro, 2026.