De restauraciones y enmiendas.

#Noficción

2026

Me vengo preguntando hace un tiempo, cuanto cuesta reparar las cosas, si vale la pena ese esfuerzo de recuperar aquello que se añoró en algún momento y que hoy sólo acumula pasado. Restaurar o dejar atrás; dejar atrás sin desechar. Tal vez hay una suerte de reciclaje de los deseos, lo que se tuvo y dejo de serlo y que ahora, desea pertenecer a alguien más. Hay ciertos objetos que se alzan como reliquias de un linaje extraviado, retablos que cuentan historias de la familia, sus etapas, sus integrantes. Otros resultan sin duda personales; como amuletos que parecieran sostener un vínculo extenso con una versión anterior de uno mismo y que ahora regresan a saludarnos con desdén. Lo mismo pienso de las bibliotecas y las colecciones.

Me he figurado deshacerme de algunos objetos en casa, prescindir de ellos como una meta autoimpuesta. No se trata de obtener un provecho; pues bien las cosas pueden regalarse, empeñarse, venderles o —en el peor de los casos— destruirles. Se trata justamente de obtenerles un mejor destino a las cosas, especialmente a aquellas recubiertas de una gruesa capa de polvo como prueba del descuido. Entonces tomo algunas fotos, cateo precios, escribo descripciones detalladas y simulo una supuesta venta que nunca concreto, tal vez por pura melancolía.

Crecí rodeado de artefactos, de cosas que se estimaba servirían alguna vez para algo, sin llegar a consignarlo nunca. Tal vez por una remota economía de guerra civil o por la estrechez de un pasado que desconozco, la sola idea de tirar bienes, aun cuando estuvieran estropeados o en desuso, parecía fuera de cualquier ambición familiar. Es probable que aquello me haya hecho observar que las personas también se rompen y no por eso se les desecha.

En mi última mudanza hallé una vieja caja con cosas. Me sería difícil precisar con exactitud cual fue el momento exacto que representa cada recuerdo alojado en ella, pero surgen imágenes como burbujas que se revientan al intentar entrar en ellas, de modo que es mejor apreciarlas por unos momentos sin intervenir su curso. Son cosas de hace veinte años tal vez, de las pocas cosas que conservé con rigor.

Entonces yo era otra persona, diría que menos segura, pero que soñaba más, como si el precio por el desenvolvimiento fuera dejar de anhelar, justamente. Y eso que uno pierde y aquello que gana en la medida que uno crece, son fenómenos difícilmente previsibles para todos. Sin embargo, frustrar las aspiraciones propias a veces resulta en un costo muy alto, que me hace consultarme si aquello también se repara en alguna parte, porque no conozco enmendadores de sueños.

Tomo un par de herramientas para desmontar un antiguo molino que he adquirido en una feria. Procedo a limpiarlo, a ver si la restauración me remece un poco las ilusiones desterradas de la juventud o, a lo menos, sirve para que el molino vuelva a rodar.

Me basta que sea al menos uno de nosotros el que recobre la función que a cada uno le toca, el destino conferido.